viernes, 25 de abril de 2008

Tic-Tac

Toda la semana sin actualizar, hoy ya toca, y, como no tengo tiempo (bueno, ralmente si, pero estoy empleándolo en otras cosas) ni tampoco ideas, he rescatado este relato que escribí hace unos tres años y publiqué en mi antigua web:

Tic-tac, tic-tac...
Continuamente oigo el incesante y acompasado movimiento de las manecillas del reloj colgado en la pared de mi habitación. Y al compás de las manecillas, mis recuerdos me transportan a cuando comencé a tener uso de razón.
De niño siempre fui tímido e introvertido. En la escuela no tenía amigos, tal vez si que se les podría llamar a algunos compañeros de juego, pero nada más, e incluso odiaba a estos "compañeros de juego", ya que no cesaban de burlarse de mí y de tratarme como si fuera basura. Por ello, siempre me refugiaba en mis juguetes, los que tal vez fueran mis verdaderos amigos, pues como tal los trataba. Y tal vez fueran mis amigos porque los moldeaba a mi antojo. Cada uno tenía una personalidad, la que yo mismo les daba, y por eso, para mi eran los perfectos amigos, ya que nunca te fallaban.
Cuando tenía diez años, mi padre murió, dejándonos a mi y a mi madre solos. Me sentí muy mal, pero lo superé gracias al apoyo de mis amigos los juguetes. El peor recuerdo que tengo es el ver a mi madre continuamente llorando, y en esos momentos llegué a odiar a mi difunto padre por habernos abandonado. Al de unos meses nos tuvimos que mudar a otra ciudad, donde mi madre había encontrado trabajo estable. Allí tuve que matricularme en un colegio nuevo, donde, al llegar, nadie me dirigía la palabra. Ciertamente lo prefería así antes de que me tratasen en mi anterior escuela. Tampoco necesitaba amigos de carne y hueso, con los de plástico, madera y algodón me servían. Aun así, otro niño que, al igual que yo, estaba solo en el mundo, se acercó un día a mí para jugar a la pelota, ya que estaba cansado de jugar contra la pared. Fue mi primer y tal vez único amigo humano. Me sentía muy feliz por ello, ya que rellenaba un hondo vacío que no me había dado cuenta anteriormente que dejaban mis juguetes.
Tic-tac, tic-tac...
Las manecillas del reloj de la pared de mi habitación siguen marchando al mismo ritmo. Echo un vistazo y veo como va avanzando el segundero. Y de mientras, sigo reflexionando sobre mi vida.
Dicen que una persona madura cuando comienzas a tener muchas responsabilidades y demás; otros, más ilusos, dicen que la madurez llega cuando tu cuerpo se empieza a desarrollar y te va creciendo la barba y todas esas cosas. Sin embargo, yo creo que la madurez llega cuando conoces a ese primer amor, o, por lo menos, es cuando comienza.
Aún recuerdo cuándo, cómo y dónde la conocí. Ese momento en que la vi por vez primera no se me olvidará jamás. Y menos aún se me olvidarán aquellas primeras palabras que me dijo. Ella era nueva en el colegio, al igual que yo tres años antes. Con aquella dulce voz, me preguntó que si yo era nuevo también, a lo que le contesté que no, pero ni siquiera sé si ella me oyó, pues mi boca tan sólo emanó un leve hilillo de voz. Su cara me deslumbró, pues era guapísima, y su sonrisa, llegó hasta mi corazón. Era muy extrovertida y se relacionaba muy bien con la gente, todo lo contrario que yo. Fue mi amor platónico durante unos años. No había mañana en la que me levantara y viera su cara reflejada en mi mente, y no existía noche en la que soñaba con que la tenía entre mis brazos y nos amábamos para toda la eternidad. Era feliz a cada instante que la veía, pero al mismo tiempo desdichado por saber que esos labios que escondían su dulce sonrisa nunca serían para mí. Mi amigo, única persona en el mundo que conocía mis sentimientos, me instaba en todo momento a que la confesara mis sentimientos. Pero no era capaz, ya que a cada intento que hacía o no me salían palabras o, si me salían, decía cualquier tontería. Asi, como he dicho, viví largo tiempo, hasta que llegó aquella fiesta de fin de curso. Todos los años se celebraba, pero yo nunca acudía porque me parecía inútil el asistir a una fiesta en la que me iba a aburrir porque no me hablaba con nadie. Sin embargo, mi hasta entonces fiel amigo, me convenció para ir y allí, lanzarme. La verdad es que con el calor de la fiesta, aunque no del todo de mi agrado, y gracias a un poquillo de alcohol, me decidí al fin. Sin embargo, toda mis esperanzas se vieron truncadas ante su negativa de querer algo conmigo. En ese momento, el mundo se me vino abajo, y me senté un rincón a beber de mis penas. Estuve largo rato en estado de reflexión, y decidí marcharme porque no aguantaba más allí. Fui a decirle a mi amigo que me iba, pero mi cruel sorpresa fue que, cuan perro traidor, Él estaba besándola a Ella. Me quedé un rato observando con mis ojos, de los que comenzaban a brotar lágrimas, aquella escena. Me giré sobre mis talones y me fui hacia casa.
Al día siguiente, mi traicionero amigo vino a verme. Nada más pasar el umbral de mi casa, le propiné un puñetazo en la cara y me abalancé salvajemente sobre él. Juro que si mi madre no hubiera intervenido, lo habría matado allí mismo.
Tic-tac, tic-tac...
El reloj no deja de sonar ni un segundo. El tiempo se me hace eterno, al igual que los días siguientes a la fiesta. Aquellos días fueron de los peores de mi vida. Mi frágil entorno de cristal se quebró sin remedio. Poco a poco, y muy despacio, el dolor de mi interior se fue atenuando. Regresé otra vez a mi infancia, sacando de sus cajas a aquellos que tanto apoyo me prestaron en un pasado. Pero ahora ya no me servían de nada. Ya no me hablaban ni me contaban sus cosas. Sentían que los había abandonado y estaban enfadados conmigo. Mi desdicha aquel verano fue enorme.
Llegó el nuevo curso y de nuevo allí estaban tanto Ella como el apuñalador,que ni siquiera se dignaba a mirarme a la cara. Entre ellos tampoco había comunicación, y parecía como si ni siquiera se conocieran. Ella seguía igual de hermosa, me atrevería a decir que incluso más. Cada vez que la miraba o pensaba en Ella me volvía loco. Poco a poco quise acercarme a ella, pero no tenía agallas. Pero un día todo cambió. Mi mente se trastornó y, no se por qué, comencé a seguir mis instintos más primitivos. La seguí por el pasillo hasta el baño de las chicas, y, allí, la cogí de la cintura, la besé en la boca y comencé a forzarla. En un principio mostraba resistencia, pero al final se dejó. Aquello fue fascinante. Un éxtasis recorrió todo mi cuerpo, y mi alma se sentía como la luna llena.
A partir de aquel día comencé una relación con Ella, pero tan sólo era una relación basada en el sexo. Apenas mediábamos palabra, parecía que éramos de planetas diferentes, pero en el fondo nos amábamos con locura. Casi todos los días nos entregábamos a la pasión y la lujuria, y en esos momentos, siendo los dos a la vez uno, éramos felices. Pero la felicidad duró muy poco, dando paso de nuevo al dolor y la desesperación. Llegué un día a clase y me dieron la mala noticia. De camino, la había atropellado un coche y estaba en coma. No pensé en otra cosa que en ir a verla al hospital, verla, acariciarla y besarla. Pero cuando llegué, ya había muerto. Aquello atravesó mi pecho como una bala disparada a la velocidad de la luz. La muerte me había arrebatado al único ser que había llegado a amar.
Tic-tac, tic-tac...
El sonido de las manecillas comienza a no ser tan nítido, ya que me sumo en un llanto incontrolado provocado por unos recuerdos que ojalá no pudiera tener. Mis tristes recuerdos me desgarran por dentro, y, junto con el desgarro, mi cabeza continúa recordando tiempos ya no tan viejos.
Estudié en la universidad durante cuatro años. Esos años de universitario muchos dicen que son los mejores de la vida de una persona, pero para mi no lo fueron. Aquellos años anduve buscando una panacea, algo o alguien que solucianara mi dolor. Buscaba a una mujer que me saciara. Muchas veces ellas aceptaban, pero otras muchas no. Hubo una temporada que incluso me vi recurriendo a prostitutas para saciar mis deseos. Pero nada de eso me llenaba. En la universidad no conocí a nadie de mi interés, todos eran simples y burdos, muy inferiores a mi. Además, su simpleza llegaba a que se creían más que yo y notaba en sus miradas que me despreciaban y se sentían mejor que yo. Pero a mi me daba igual, porque ellos a mi tampoco me importaban nada y sabía que no me iban a hacer sentirme mejor ni me iban a ayudar a salir del oscuro pozo de soledad y melancolía en el que me había metido. Además, en estos años murió mi pobre madre, y, sin embargo, tampoco me marcó mucho su muerte.
Tic-tac, tic-tac...
Poco a poco, el sonido del reloj se iba alejando, desvaneciéndose. Cada vez era más bajo el sonido, y ya no estaba constantemente clavado en mi mente. Y mi mente, seguía recordando, recordando los últimos años, en los que he estado ejerciendo de profesor en un instituto. Tras terminar los años de universitario, comencé a buscar trabajo e hice oposiciones, que superé. Me enviaron a un instituto con un alumnado bastante borrego, que me recordaba a muchos de mis compañeros de mi época de estudiante, tanto del propio instituto como de la universidad.
Mi vida de profesor no me llenaba, el trabajo resultaba repetitivo y la gente que me rodeaba también. En esta época comencé a forzar a algunas alumnas, ya que eso era de lo poco que tenía de bueno mi vida en el trabajo. Eran jóvenes, y preciosas. Además la mayoría de ellas se dejaba a la primera ya que sabían que iban a tener mas tarde su recompensa. Pero mi perdición llegó muy pronto. Entró una alumna nueva en el instituto, bellísima, su sonrisa, su cara, su pelo, su cuerpo, su forma de hablar, andar y actuar me recordaba a Ella. No podía mirarla sin recordar a la única persona que he amado en toda mi vida. Por eso, intenté con ella lo mismo que con otras muchas alumnas. Un día, la acorralé en el baño y allí la forcé. Ella no paraba de gritar, y yo tapaba su boca para ahogar sus gritos. Lo que mas me sorprendió, y a la vez me gustó, fue que ella no cesó de oponer resistencia en ningún momento. Cuando terminé, se quedó llorando sin parar. Ahora que esa imagen llega a mi cabeza, siento una gran pena y dolor por haberla hecho daño, ya que al verla llorar, fue como si Ella estuviera llorando. Pero en aquel momento no me paré a pensar y fui a clase a seguir impartiendo mi asignatura.
Al día siguiente, caminando hacía el instituto como todos los días, un chaval se interpuso en mi camino. Sin mediar palabra, sacó un cuchillo y caminó directa y decididamente hacia mí. Yo pensé que era un ladronzuelo, por lo que, para no poner en peligro mi vida, saqué mi cartera, cogí un fajo de billetes y se los tendí para que los cogiera y me dejara en paz. Sin embargo, sus palabras me ayudaron a comprender que él no quería dinero, si no hacerme pagar por lo que le había hecho a su novia el día anterior. Sin darme tiempo a reaccionar, hundió su cuchillo en mi vientre, lo sacó, y se fue corriendo. Yo, desesperadamente, volví a casa y caí derrumbado en el suelo de mi habitación.
Tic-tac, tic-tac...
Ya no oigo el sonido de las manecillas del reloj colgado en la pared de mi habitación. Ya no las oigo ni las oiré jamás, porque me sumerjo en un sueño del que nunca podré despertar...